Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘LO QUE NO MUESTRA EL MUSEO DE LA MEMORIA.’ Category


“Chile batió el récord mundial de inflación en 1972, siendo 143%”. (Informe anual del Fondo Monetario Internacional).

“Durante 1972 Chile ocupó el penúltimo lugar en cuanto al crecimiento económico entre todos los países latinoamericanos”. (CEPAL. Informe Anual 1972).

“…Chile durante muchos años, ocho o diez, tendrá que racionar la carne de vacuno. No tenemos masa ganadera y hay que formarla… las vacas no se reproducen como los conejos. Cuesta bastante más”. (Salvador Allende, en discurso en Lebu, 14 de Febrero de 1972)”.

“Antofagasta. Centenares de mujeres han hecho cola en la tienda “La Reina”, la que ha debido ser protegida por un furgón y un piquete de carabineros para mantener el orden. Pese a ello, las mujeres se han trenzado a carterazos y golpes, al margen de gritos y empujones para lograr la compra de cotelón para pantalones, a razón de 40 escudos el metro, y tocuyo en cortes de 5 metros”. (El Mercurio, 7 de Mayo de 1972).

TERRORISMO Y VERDAD HISTÓRICA (1)

“QUIEN FUE REALMENTE EL PADRE DE ME-O”

Nota de la Redacción:

El presente artículo escrito por su autor en forma tan amena y narrativa, expresa con muchos detalles delitos que eran habituales en esa época, cometidos por “jóvenes idealistas” como se llamaban los terroristas en esos años, amparados por la protección del gobierno de la Unidad Popular, causantes de la gran catástrofe política que obligó a la ciudadanía a pedir la intervención de las Fuerzas Armadas y de Orden.

Muchos de los actuales políticos que conforman la Concertación, han sido autores directos de este tipo de actos vandálicos o terroristas, como se quiera denominar, en ese período de la historia nacional. En sus efectos, han sido sus causantes directos, muy conocidos en el quehacer político del país.

Se felicita realmente al autor del artículo, por haber escrito una historia real, sin abanderizarse, con suma imparcialidad, que logra restablecer un hecho verídico del quehacer diario, que ocurrió hace 36 años atrás.

Se invita a los lectores, como al autor, a escribir nuevos relatos de este tipo de acciones acaecidos durante esa época, lo que nos permitirá entregar a las generaciones actuales y futuras, la verdadera historia que vivieron sus padres o abuelos, en un momento del pasado oscuro del siglo anterior de nuestro país, y que por conveniencia política de la izquierda, se oculta, se tergiversa o se omite.

“En el dominio de la historia es donde el escepticismo se complace más en hacer su irónica pregunta: ¿Quid est veritas?

¿Podemos hablar de una verdad histórica, cuando constatamos cada día que todo el mundo refiere la suya, que es diferente a la verdad de  los demás?

La gran debilidad de la historia es que los fragmentos de verdad que ella puede comprender son los que están más a menudo aislado y alterados por las pasiones y los intereses.”

Guglielmo Ferrero

Ginebra, 1936

Terminó por irritarme el asuntito ese de “mi padre asesinado por los militares”, tan recurrentemente utilizado por el ex candidato Enríquez Ominami en los pasados meses.

Puedo entender, y hasta celebrar, que un ciudadano lleve flores a la tumba de su padre, cualesquiera que hayan sido las causas de su muerte, o sus culpas. Y puedo, también, considerar la posibilidad remota que el señor Enríquez Ominami haya sido en su infancia mal informado sobre los antecedentes y circunstancias de la muerte de su progenitor. Lo que implica haber optado por mantenerse luego en el limbo durante los últimos 35 años.

Pero los chilenos en su globalidad no pueden ser imbéciles – ni aún los que ni siquiera habían nacido en 1974 – como para tragarse tamaña estupidez.

“Asesinado por los militares”, así, a sangre fría y sin razón alguna, como quien dice, no guarda relación con los hechos reales. No sea esa, ni cercanamente, la historia de sangre que me tocó de cerca. Y la majadería del joven socialista que intenta abrirse paso en la política actual mediante la manipulación de la memoria colectiva, me lleva a recordarla para Uds.

Asentemos, en primer lugar, que la inmensa, abrumadora mayoría de los miristas, socialistas y terroristas de todo tipo que se jactan hoy de haber combatido “contra la dictadura” – y piden, de paso, pensiones y reconocimiento por ello – simplemente jamás lo hicieron. En primer lugar, porque iniciaron su actuación criminal hacia 1968, unos cinco años antes del golpe de 1973 que puso a las FF.AA. en control del país. No había dictadura militar que combatir entonces (1968 – 1973), y su actuación se limitó al banderolismo simple, en procura de fondos y titulares de prensa. Hubo, eso sí, énfasis en daño, lesiones y muerte de trabajadores inocentes o simples ciudadanos. Desprecio absoluto por la vida de quienes o no compartían sus designios de violencia, o casualmente se interpretaban durante la ejecución de sus asaltos.

En segundo lugar, porque sus acciones armadas durante el gobierno militar de 1973 – 89 se aplicaron de preferencia contra civiles desarmados – usualmente empleados de la banca y otras empresas con dinero efectivo que sustraer – y consistieron casi siempre en violentos, a menudo sangrientos asaltos en procura de bienes, dinero y primeras planas.

En cuanto a los uniformados abatidos por el terrorismo después de septiembre de 1973, estos fueron, en alto porcentaje, carabineros salientes de servicio, asesinados de un tiro en la espalda mientras esperaban locomoción colectiva en el paradero más cercano a su cuartel. O custodios de monumentos (como la “llama eterna” en el Cerro Santa Lucía), liquidados también por la espalda y sin opción de defensa alguna. Unos pocos fueron asesinatos selectivos de autoridades, mediante golpes de manos sorpresivos, de los cuales los casos del Coronel Roger Vergara y el General Carol Urzúa son los más representativos. Se cometieron estos atentados, como se recordará, actuando sobre seguro, a mansalva, sin arriesgar ni remotamente un enfrentamiento armado. Acribillar a la víctima y desaparecer, era el método. Eficiente, por cierto.

Sólo enfrentaron a las fuerzas militares – tales terroristas asesinos – en los pocos, contados casos extremos en que fueron rastreados y cercados. Y aún así, para el sólo efecto de escabullirse y desparecer, cuando pudieron hacerlo.

Asesinato cobarde y terrorismo, entonces, si los hubo y a destajo. “Expropiación” de dineros de la banca y empresas con caja disponible, también. Con víctimas civiles inocentes y en medida abundante. “Daño colateral”, creo que le llaman.

Pero “combate heroico” a la dictadura en el sentido que hoy se da al término, para nada.

Aclarado lo anterior, se entenderá que la ciudadanía – y en particular los empleados bancarios – manifestaran un marcado rechazo a la actuación de esos desalmados, y que – partidarios o no de la intervención militar del 73 – vieran con beneplácito todas las medidas encaminadas a suprimirlos.

Así como entre los movilizados del 78’ en la emergencia bélica que provocó Argentina existió, para efectos de apechugar con la guerra y sus consecuencias, absoluta transversabilidad entre detractores y partidarios del gobierno militar – lo que viví personalmente – también entre los empleados bancarios de esos años, representantes de una enorme masa ciudadana de distinto pensamiento político, el rechazo al terrorismo brutal y la muerte de trabajadores inocentes fue ampliamente mayoritario. Casi universal.

Como se ha comentado – de fuentes socialistas, lo que hace algo dudosa la veracidad del suceso – el presidente Allende le habría mandado, desde la Moneda cercada el día “once”, un particular recado al líder mirista – y padre del citado ex candidato Enríquez Ominami – el señor Miguel Enríquez Espinoza: “Díganle a Miguel que ahora le toca a él” dicen que dijo el Presidente de la Unidad Popular, o algo así. Menudo encargo.

Haya sido por esa causa, o por mera vocación criminal, el señor Enríquez y sus tenebrosos muchachos – amnistiados de su pasado sangriento no hacía mucho por el Presidente marxista, atendido su carácter de “jóvenes idealistas” (así como asociando el concepto a “deportistas”) – pasaron al clandestinaje e iniciaron una serie de acciones delictivas, dice con miras a procurarse los imprescindibles fondos que requerían para su actividad de terror y muerte.

Encontramos hoy en Internet el relato romántico de tales desmanes, en que se oculta cuidadosamente el trasfondo criminal que golpeaba a la ciudadanía. Se acuña allí el concepto de “lucha heroica” a que nos hemos referido. Pero no se habla una palabra de los cientos de trabajadores inocentes que fueron violentados, amedrentados, heridos y hasta asesinados en el proceso llevando luto y dolor a sus familias. Como lo habían sido durante el período 1970 – 73 por la izquierda violentista y su aliado natural, el lumpen, sueltos ambos en las calles y en los campos de Chile.

Y resulta que a los trabajadores de la banca, y de otras empresas que custodiaban fondos en sus oficinas, mal podía importarles la justificación ideológica de una lucha que amenazaba directamente sus vidas y su integridad, dejando desprotegidas a sus familias. Y sin posibilidad alguna de autodefensa.

Allá los miristas con sus ideales. Que se enfrentaran a los militares parecía hasta lógico, en su vesánica filosofía de violencia. Pero que, a la pasada, no trepidaran en herir y asesinar a trabajadores sin arte ni parte en el asunto – que a veces compartían las doctrinas de la Unidad Popular – era cosa muy distinta.

Para entender cabalmente la situación de violencia mirista que se vivió en esos años – o meramente recordarla para quienes fueron sus actores – parece conveniente relatar en detalle los sucesos culminados el 5 de octubre de 1974 con la muerte de Miguel Enríquez.

Hablo de los acontecimientos reales, la verdadera historia. No de la historieta posterior que pretende lavar la imagen sangrienta de los matones del MIR.

He aquí los hechos:

1974

Luego de un prolongado fin de semana “con puente” que favoreció unas Fiestas Patrias celebradas bajo toque de queda, la semana laboral bancaria se inició sin novedades el día lunes 24 de septiembre de 1974.

Una considerable cantidad de dinero recogido por el comercio durante esas fiestas empezó a fluir hacia las distintas sucursales de los bancos en todo el país. En 24 horas, las bóvedas de estos empezaron a rebosar de billetes, a la espera de ser recogidos por los camiones que los trasladarían a sus oficinas centrales, o los distribuirían en aquellas sucursales que los necesitaran. Si una va a pensar como asaltante, ciertamente ese era un buen momento para un golpe de mano, con la casi certeza de obtener un botín redituable.

Un día a mediados de semana, en la pequeña sucursal “ Huelen “ del Banco de Chile – hoy, desparecida – ubicada en el subterráneo de la galería y cine de igual nombre, en Santiago Centro, ocho empleados se ocupaban, poco antes de las 9 horas, de preparar los elementos para lo que se esperaba sería otra larga y pesada jornada.

El actor principal a la indicada hora era, desde luego, el cajero- tesorero de la Sucursal. Su día se iniciaba con la labor de proveer fondos a los otros cajeros para el inicio de las labores, y luego, además de actuar el mismo como cajero recibidor y pagador de sumas mayores durante el horario de atención, debería controlar todo el movimiento en efectivo del día laboral y cuadrar en global las partidas contables relacionadas. En su poder estaban, como está establecido, las llaves de la bóveda de la oficina.

La diminuta sucursal Huelen no contaba entonces con un guardia de seguridad. En realidad, no había tales guardias en ninguna sucursal del Banco de Chile en 1974. Ni en toda la banca, porque la legislación vigente no las exigía. Sólo en la Oficina Central prestaban tal tipo de servicios tres detectives jubilados – vistiendo de civil –  y un cuarto cumplía igual función en Valparaíso. Era toda la protección de seguridad con que contaba el Banco de Chile en el contexto nacional. Tampoco había en la sucursal Huelen, ese día arma de fugo alguna. Un revólver de 6 tiros de. 38” de calibre y cañón corto – según la autorización de Superbancos – debió registrarse en su inventario. Pero, como en la mayoría de las sucursales pequeñas, no había tal arma. Ni menos alguien que fuera perito en su manejo y capaz de utilizarla en una emergencia. La dotación de ocho empleados, entonces, apenas suficiente para la operación de una pequeña oficina  de servicios, no orientada especialmente a los grandes negocios, activaba a esa hora los preparativos de un día laboral a minutos de iniciarse.

De súbito, cuatro individuos portando armas pequeñas de puño, y a rostro descubierto, irrumpieron en las oficinas intimidando al personal y gritando órdenes que pusieron a todo el mundo manos arriba. Y casi enseguida, tumbados en el piso.

Los asaltantes exigieron de inmediato, entre órdenes vociferadas y puntapiés a los empleados tendidos en el suelo, la entrega de las llaves de la bóveda.

El citado cajero – tesorero de nombre Renato Robinson del Canto – se encontraba al interior de su caja preparando los voucher de traspasos internos de fondos y su libro de caja. Todavía no iniciaba la entrega de valores a los otros cajeros. Reaccionó instintivamente a los sucesos cerrando- como si de algo sirviera – la puerta de su caja y arrojando con disimulo las citadas llaves al piso, a como un rincón oscuro del pequeño recinto y fuera de la vista.

Un hombre muy especial, Renato Robinson. Alto y robusto, en sus medianos treinta, padre de familia, deportista y especialmente apreciado por sus pares en razón de su carácter grato y afable. De disciplinada y larga militancia sindical, contaba no sólo con la confianza de la empresa en sus labores de cajero – tesorero, sino también con el respeto bien ganado de la organización sindical de los trabajadores del Banco de Chile. Practicaba ese empleado bancario un deporte peculiar: la halterofilia.

Por ello, una fuerte contextura de hombros, brazos y piernas poderosas desarrolladas en esa práctica, unida a su aventajada estatura, originaba en su círculo inmediato bromas y comentarios jocosos acerca de una fuerza hercúlea.

Los asaltantes identificaron rápidamente al custodio de las llaves de la bóveda – en la que se guardaba en esos momentos una reserva considerable – y requirieron bruscamente a Robinson salir de su caja y abrir el recinto abovedado. Como éste se mantuviera en su lugar, hosco y en silencio, uno de los bandidos trepó al mesón de atención de público, y desde allí alcanzó la parte superior descubierta de la caja pagadora N°1. Procedió entonces a golpear repetidamente al cajero – tesorero en la cabeza con el caño y empuñadura de su revólver que portaba, produciéndole distintos cortes en el cuero cabelludo que empezaron a sangrar de inmediato. Lo amenazó seguidamente con disparar contra él su arma, si no salía de su refugio en tres segundos. Sin opciones, casi ciego por la sangre y el dolor, el amenazado abrió la puerta y abandonó la caja. Hilos de sangre corrían por su rostro y la parte superior de su camisa ya mostraba extensas manchas de sangre.

Fue al punto empujado contra un muro, inmovilizado mientras se registraba sus ropas, y luego emplazado claramente, entre feroces insultos intimidatorios, a entregar las llaves de inmediato o morir ahí mismo.

El líder del grupo asaltante, un hombre en sus 30, alto y delgado, de tez blanca, cabello castaño claro y bigote – según la descripción posterior – procedió en ese momento directamente con esa intimidación, mediante nuevos gritos e improperios. Manifiestamente irritado por el silencio del interrogado, propinó acto seguido – con viril valentía – varios golpes de puño en el rostro de su víctima, en tanto le sujetaba de la pechera de su camisa. Grave error.

Un impulso atávico, o quizás la desesperada reacción del torturado que intuye su próximo fin, gatilló una orden en el cerebro de Renato Robinson, y este, empujando a su atacante para darse espacio, lanzó un derechazo – con todo su alma y el poder de sus hombros acostumbrados a mover 100 kilos de pesas de hierro – que impactó en pleno rostro de su acosador. Este salió proyectado con violencia hacia atrás  y se estrelló  contra un escritorio  a 4 o 5 metros de distancia, semiaturdido. Dos de sus cómplices acudieron de inmediato en su ayuda para ponerlo de pie. Medio farfulló entonces una orden que todos en el recinto percibieron distintamente: “Bájalo”. El tercer acompañante, nivelando su arma – un revólver – disparó a corta distancia – quizás dos, o dos  y medio metros – seis tiros calibre. 38 contra el cajero inerme quien, también semiaturdido por la golpiza anterior, se mantenía en pie junto a la pared.

Los testigos presentes que declararon más tarde ante la policía – vale decir, el resto del personal de la sucursal Huelén – no atinaban a explicarse cómo fue que, a esa corta distancia, el terrorista errara su primer tiro. Por enseguida los otros cinco gruesos proyectiles impactaron al cajero en su vientre,  en una zona que abarcó desde el ombligo al pubis. Pero el hombre, increíblemente, no cayó. Quizás si porque en ese momento se apoyaba en la pared contra la que había sido acosado.

Los asaltantes – siempre vociferando insultos – tomaron entonces a su maltratado jefe y llevándole casi en vilo, sangrando de la boca, abandonaron el recinto. Su  botín consistió en un artefacto metálico de seguridad, portátil  del tamaño de una caja de zapatos, conteniendo una magra suma en efectivo.

El jefe administrativo de la sucursal procedió en ese instante, mientras el resto de sus compañeros se apresuraban a socorrer al baleado, a cumplir las pobres instrucciones vigentes a esa fecha para eventuales contingencias: llamar de inmediato a una ambulancia, así como dar aviso a las autoridades del Banco y a la policía. Poco más habría podido hacer en esos momentos, en verdad.

Renato – y nunca he podido explicarme la razón de ello – fue trasladado por sus afligidos compañeros al baño del personal de la sucursal. Quizás porque había disponibilidad de agua allí, aunque tampoco ellos se explicaban más tarde la razón de ese traslado. Como fuere, el herido insistió en hacerlo por su propio pié, pero ya en el lugar, sus piernas aflojaron y cayó al piso. A poco, perdió la conciencia. Los cinco proyectiles de .38 de pulgada habían atravesado su cuerpo por debajo de la línea del diafragma, perforando numerosas asas intestinales y la vejiga, pero sin tocar – según se comprobó en el quirófano – vasos importantes que pudieran haber causado una hemorragia fulminante. Tampoco la columna vertebral. En esos momentos, el contenido de sus intestinos y vejiga se vertía inconteniblemente en las serosas de su cavidad abdominal, infectando los tejidos. Y los vasos cercenados por las balas empezaban un sangrado continuo.

Yo detentaba entonces el cargo de elección popular de Secretario Nacional de la Federación de Sindicatos del Banco de Chile, formada por 14 organizaciones de base a lo largo del país. Una serie de episodios anteriores –  aunque si el cruento resultado del que recuerdo en estas líneas – había establecido un compromiso de la empresa para darme inmediato aviso a tales emergencias. Me correspondía actuar en tales casos, además de mi representación sindical, por mi cargo laboral en la recién creada Sección Bienestar.

Un llamado de gerencia me alertó, pues, de lo ocurrido, unos 20 minutos después de que Renato Robinson fuera baleado. Me trasladé sin demora al lugar, a pié – a la carrera en verdad – desde mi escritorio, ubicado apenas a cuadra y media de la Sucursal Huelén, y llegué allí en los momentos en que la ambulancia de la Posta Central (bendita sea) se alejaba a toda sirena con el herido en el interior. Luego de recabar un breve informe de los alterados empleados que habían presenciado los hechos, y con la policía ya en el lugar, paré en la esquina un taxi que me condujo en breves minutos al edificio de la Posta, en la calle San Francisco con Diagonal Paraguay.

Tuve suerte.  Uno de los equipos de cirugía mayor de emergencia de ese centro ya intervenía al herido en el quirófano, y en él participaban varios médicos conocidos. Mi hermano, entre ellos. Recibí, en consecuencia, información inmediata y contingente de todo el proceso en marcha, los pasos a seguir y el limitado pronóstico que se podía establecer a esas alturas.

La cirugía, primera de muchos en el futuro, se prolongó por varias horas. Había que ubicar cada perforación de los intestinos –  y eran docenas de ellas – y suturarlas, además de “clampear” y luego también suturar todas las arterias sangrantes y venas cercenadas. Además de practicar la inevitable colostomía que dejaría al herido, si sobrevivía, defecando durante meses por un ano artificial. Y estaban, también los graves daños a la vejiga.

Quienes recuerdan el caso del Papa Juan Pablo II, agredido en la Plaza San Pedro – en 1981 – con dos balas de 9 mm. Que atravesaron sus intestinos, podrán imaginar el efecto de cinco proyectiles de mayor calibre impactando en la cavidad abdominal de un ser humano.

Fue una fortuna que tales proyectiles no alcanzaran el torso del cajero, por encima del diafragma. Habrían producido con mucha probabilidad daños en las viseras allí ubicadas (hígado, pulmones, bazo, páncreas, estómago y corazón) y destrozado los vasos que las irrigan, desde luego. Y probablemente, como en el caso posterior de Jaime Guzmán E., en 1991, el estallido de alguna de éstas por efecto de la velocidad del proyectil, multiplicada por su masa, al producirse el impacto. Nada de eso había ocurrido, sin embargo, por mediación del ángel de la guarda de Renato Robinson. En eso pensaba en esas horas negras su esposa, una mujer de gran temple, y seguramente aún lo cree así.

Pero las lesiones eran de tal consideración, que se temió repetidamente por la vida de nuestro compañero en los meses siguientes, y tardaría después varios años en alcanzar una recuperación apenas suficiente para reasumir sus labores.

En esas iníciales horas tensas y angustiantes, mientras me ocupaba – comisionado especialmente por la Administración del Banco de Chile para ello – de atender y asesorar a la angustiada familia de la víctima, una rabia inmensa iba creciendo en mi alma. El mismo furor impotente que hacía rechinar los dientes de miles de trabajadores de la banca – no solo de aquellos del Banco de Chile – que seguían las noticias con ansiedad.

Veíamos el resultados de un acto demencial, inútil, que ponía a un padre de familia al borde de la muerte, o quizás la invalidez, para satisfacer el afán de aventuras de unos cuantos bomberos locos de llamados a “salvar la Patria”. Pero salvarla disparando sobre trabajadores inocentes, desarmados y previamente intimidados. Así es más fácil, desde luego, y vaya qué combatientes tan valerosos los muchachos del MIR.

Un detalle, informado por los testigos a ambas policías y al Ejército, entibiaba sin embargo mi corazón. Renato, con su violento derechazo, había provocado lesiones visibles en el rostro del jefe de los asesinos. Varios empleados de la sucursal asaltada concordaban en ello llevados casi a hombros por sus cómplices, su boca lucía rota, seguramente con un labio partido, y sangraba en consonancia. La policía, pues – y también el aparataje militar anti  terrorismo, según sabría luego – buscaba en cada rincón de Santiago a un sospechoso con descripción clara y una herida notoria en su boca por golpe de puño. Ya era algo.

Recibí en esos días, en ausencia del Presidente de la Federación de Sindicatos del Banco de Chile, la solidaridad y el apoyo expresado por escrito a todas las organizaciones sindicales bancarias del país, agrupada en la llamada Federación Bancaria. El propio Director de esa Federación se hizo presente en la Posta Central, y luego en la Clínica Santa María, así como en mis oficinas sindicales, proponiendo movilizaciones de los trabajadores y actos públicos de repudio al atentado criminal. Ilusiones, desde luego. Regían las limitaciones del toque de queda vigente, y sólo recibíamos la negativa expresa de la autoridad militar.

Transcurrieron a continuación días de tensa espera, en que la vida de mi cuasi – ejecutado compañero pendía de un hilo, y la indignación de los trabajadores de la banca crecía y se iba haciendo cada vez más densa y más oscura.

Y entonces, el sábado 5 de octubre, al cumplirse diez u once días de los sangrientos sucesos, la buena noticia nos llegó a través de la prensa y la TV, inicialmente. Y el siguiente lunes, mediante confirmación directa de la Intendencia de Santiago: el autor del cobarde crimen, acorralado en una casa de la calle Santa Fe de la Comuna de San Miguel, al sur de Santiago, había presentado resistencia, pereciendo luego en la refriega. Se trataba del líder mirista Miguel Enríquez. Sus cómplices huían y estaban siendo cercados.

Vaya explosión de júbilo entre los trabajadores del Banco de Chile y toda la banca nacional. Saltábamos y nos abrazábamos como locos en nuestros puestos de trabajo. El asesino cobarde y ventajoso muerto a tiros. Formidable.

El suceso se presenta por el Mir en Internet, hoy, como un motivo de dolor y pesadumbre para el pueblo chileno, pero la verdad es muy distinta. Al menos los trabajadores bancarios y nuestras familias, más el mundo civil inmediato que nos rodeaba, estamos, simplemente, ebrios de alegría.

Debimos postergar, sin embargo, toda celebración formal de tan grata nueva durante más de una semana. Hasta que finalmente, el día sábado 20 de octubre de 1974, unos 350 dirigentes sindicales y delegados del personal de todos los bancos comerciales de Santiago y localidades cercanas, más algunos invitados de la Administración, nos reunimos para ese efecto en el Estadio del Banco de Chile (Vitacura). La convocatoria era clara, y procedimos allí a cenar y libar – de “toque a toque” como existía la coyuntura – animada y extensamente en celebración del exterminio uno de los “perros asesinos de empleados bancarios desarmados”. Recuerdo muy bien el concepto porque lo repetimos muchas veces a lo largo de esa noche.

Lo entendíamos entonces, y lo entiendo  así hasta hoy, como el exterminio sanitario de una plaga peligrosa, letal para la gente decente y de trabajo. E inerme.

Como broche de oro, pudimos comentar allí  –  por infidencia especial hecha desde el gobierno a nuestra gerencia, bajo reserva – que efectivamente los restos del fallecido en calles Santa Fe presentaban la evidencia de un serio golpe en su boca, en proceso de cicatrización.

Así pues, dedujimos, el extremista abatido – nada menos que el mentado Enríquez Espinoza – se había marchado desde este mundo con la huella  de un magistral “ combo en el hocico” propinado por uno de los nuestros al momento de ser torturado. Detalle genial para los que allí celebrábamos, consistente y muy adecuado a nuestro creciente odio hacia los asesinos terroristas.

El nombre de Miguel Krassnoff Martchenko no nos era conocido entonces, ni salió para nada a la luz en esas fechas. La carta que, en mi condición de Presidente subrogante de nuestra Federación de Sindicatos envié al Intendente de Santiago, agradeciendo el feliz resultado del procedimiento militar – policial que eliminó al líder agresor de nuestro compañero de labores, no mencionaba a ese oficial de Ejército.

Me enteré en su existencia y participación en el procedimiento y choque en la calle Santa Fe muchos años más tarde, y hoy le expreso aquí – como hubiera querido hacerlo entonces – mi reconocimiento por su valor y decidida actuación el día 5 de octubre de 1974. Salvó – no tengo duda de ello –vidas de empleados bancarios, o quizás de otras empresas, que habrían sido muertos en sus puestos de trabajo por la mano demente y criminal del MIR.

Tengo en claro que rememorar tales acotados acontecimientos de ese movido 1974 deja trunca, para efectos de ilustrar a las nuevas generaciones, una visión más general y objetiva del Chile post 11 de septiembre. Por “objetiva” pretendo señalar que no todo era entonces blanco o negro. Había muchísimos grises en la gama, e iniquidades terribles se cometían por ambos bandos.

Lo honesto es, pues, configurar un cuadro que recuerde las travesuras de todos los involucrados, y no sólo la visión sesgada que provee el Informe Rettig, o la historia parcial que ilustra el Museo de la Memoria. Tampoco las versiones depuradas que entregó entonces el Gobierno Militar.

Si los lectores de este blog lo permiten, reflotaré para ellos, en próximos posteos, algunos hechos especialmente notables que vivimos los chilenos de a pie, los comunes y corrientes ciudadanos, en aquellos agitados tiempos.

Raúl Olmedo D.

Anuncios

Read Full Post »

LO QUE NO MUESTRA EL MUSEO DE LA MEMORIA.

clip_image002

Pueblo chileno, civiles y uniformados, haciendo cola para poder adquirir alimentos durante el gobierno de Salvador Allende.

El rítmico tam-tam de las cacerolas vacías comenzó a oírse el Miércoles 1º de Diciembre de 1971 en la inmensa manifestación femenina del centro de Santiago. Desde allí, esa noche y las siguientes, el ruido cantarino se extendió a todos los barrios, provocando paroxismos de ira en los “brigadistas” y también en algunos funcionarios de Investigaciones. El Viernes 3, con la concentración demócrata cristiana de Valparaíso, la cacerola musical debutó en provincia. Había nacido un símbolo político, que sin duda costaría dolores de cabeza al gobierno, a la UP y al Presidente Allende.

(Revista Qué Pasa 9 de Diciembre de 1971).


“Allende, escucha, las mujeres somos muchas”

“Que se vaya con Fidel”.

“Fidel a la olla, aliñado con cebolla”.

“Si no se va luego Fidel, no va a comer ni él”.

(Gritos y lemas del cacerolazo del 1º de Diciembre de 1971, que reunió a cinco mil mujeres en el centro de Santiago, para protestar contra el desabastecimiento y la visita de Fidel Castro a Chile).

“He venido a Chile a conocer principalmente el paisaje humano y este proceso revolucionario insólito, único en la historia de la humanidad, que se realiza por los cauces legales. Cuba solidariza plenamente con Chile y por razones históricas, siempre los explotadores de una sociedad anacrónica resisten los cambios, llegando incluso a la violencia…

No estamos completamente seguros que en este singular proceso, el pueblo chileno haya estado aprendiendo más rápidamente que los reaccionarios. Ellos ya tienen muchos años de experiencia. Aquí en Chile, la reacción está mucho más preparada y organizada que en Cuba, al comienzo de la revolución…

Espero que venzan. Deseamos que venzan. Creemos que vencerán.

Vuelvo a Cuba más radical, más extremista y más revolucionario que nunca”.

(Discurso de Fidel Castro en el Estadio Nacional, el 2 de Diciembre de 1971, como despedida a su visita de 25 días a Chile. Este discurso provocó molestias en sectores de la UP, porque se interpretó como críticas veladas a la vía chilena al socialismo).

Read Full Post »

N. de la R.:

A partir de esta Edición del mes de Marzo, “Despierta Chile” tiene la grata satisfacción de ofrecer a sus lectores, mes a mes, un recuento de hechos, informaciones históricas y antecedentes que no se pueden ver en el recientemente inaugurado Museo de la Memoria, culminación de la odiosidad, venganza y deseos revanchistas que han animado a la Señorita Bachelet, Presidenta de la derrotada Concertación y miembro del Frente Terrorista Manuel Rodríguez, como la denunció el vocero de esa organización subversiva, César Quiroz, en Conferencia de Prensa del 16 de Mayo de 2004, aparecida en todos los medios de comunicación y que nunca fue desmentida.

“Asaltamos innumerables Bancos, y allí estaba siempre Luciano, disfrazado de bombero, de Capitán de Ejército, de cargador de la vega… Él se encargó de un trabajo de captación en el Ejército, fundamentalmente con oficiales jóvenes y suboficiales. La última tarea que había asumido era la de estrechar lazos entre los soldados y el pueblo: incorporar al pueblo uniformado a la rica vida nacional”.

(Miguel Enríquez, líder del movimiento terrorista, MIR, padre del ex candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami Gumucio, en su discurso en los funerales de Luciano Cruz, el segundo hombre del MIR, muerto a causa de un escape de gas licuado, el 14 de Agosto de 1971. Cruz fue en su momento uno de los hombres más buscados por la policía chilena, por encontrarse prófugo de los tribunales de justicia).

En discurso del mismo Miguel Enríquez, del 1º de Noviembre de 1971, éste afirmaba lo siguiente:

“Debe abolirse el Parlamento y ser reemplazado por la Asamblea Popular… Hay que tomar los fundos y las industrias sin compensaciones… ¡Insurrección o muerte!”.

En este, nuestro primer artículo de esta nueva sección que entregamos a nuestros lectores, hemos estimado necesario difundir un reciente artículo de nuestro columnista e historiador, don Raúl Hermosilla Hanne, “Ralph”, ya que su contenido, como usted lo comprobará, es la mejor introducción que podemos hacer para los fines que persigue esta columna que hemos llamado: “Lo que no muestra el Museo de la Memoria”.

LAS MEMORIAS Y LOS MUSEOS.

Por Raúl Hermosilla Hanne, “RALPH”.

Se ha conmemorado en días pasados un nuevo aniversario de la caída en manos del ejército soviético del campo de concentración de Auschwitz, en Polonia.

Una vez más hemos escuchado las exageraciones de los indiscutibles sufrimientos y abusos, especialmente hacia el final de la segunda guerra mundial ante la falta de alimentos, sufridos por los prisioneros en los campos de concentración. Estos prisioneros, aunque no en su totalidad, eran en su mayoría judíos. Las exageraciones y la enorme y permanente campaña comunicacional al respecto, han logrado instalar en la conciencia colectiva su transformación de campos de trabajos forzados en campos de exterminio.

Se ha silenciado sistemáticamente un informe de la Cruz Roja Internacional que visitó Auschwitz dos meses después de su caída en manos soviéticas, en el que estableció que no existían allí cámaras de exterminio y que en cuanto a los hornos crematorios, el volumen de las cenizas concordaban con los registros de fallecimiento de prisioneros, principalmente por desnutrición e infecciones. El informe habla de algo más de 200 mil personas, cifra que en las comunicaciones soviéticas que motivaron la visita del organismo internacional, se había elevado a 2 millones.

También se silencia en estas conmemoraciones, que el mismo ejército soviético informó otra de las grandes mentiras de la  segunda guerra mundial.

El nacional socialismo alemán se había aliado con el socialismo soviético en un pacto de no agresión entre Hitler y Stalin, suscrito por sus respectivos ministros de Relaciones Exteriores, Ribbentrop y Molotov. Por una cláusula secreta acordaron repartirse los países de Europa Central. El Papa Juan Pablo II, dijo en una ocasión, años después, que los rusos se portaron con los polacos peor que los alemanes.

Pero bien, durante todos los gobiernos comunistas en Polonia estuvo prohibida la conmemoración de la invasión rusa. El hecho militar más horrible en la historia de la Humanidad sucedió ese 17 de septiembre en la ciudad polaca de Katyn, donde 15.000 oficiales del Ejército Polaco fueron asesinados por oponerse a la invasión nazi soviética, y durante mucho tiempo los rusos le echaron la culpa de esta matanza a quienes fueron sus aliados en la invasión.

Algún tiempo después de terminada la segunda guerra mundial se comprobó, por la data de los cadáveres, que era imposible que hubieran sido los alemanes quienes los asesinaron, y tuvieron que sacar el epitafio que les echaba la culpa.

Fiel a las prácticas socialistas, doña Michelle Bachelet ha dejado inaugurado antes de terminar el próximo mes su mandato presidencial, un museo que ha denominado de la memoria, en el que se incluyen antecedentes de la subversión armada que debieron enfrentar las fuerzas de la defensa nacional chilena, lucha en la cual, como lamentablemente siempre ocurre en tales casos, resulta inevitable que se produzcan por los dos lados excesos y abusos, por lo que los convenios de Ginebra recomiendan que restablecido el orden público se dicten las correspondientes leyes de amnistía, para ambos bandos, como se hizo en Chile.

Otra cosa es que el revanchismo y la odiosidad del socialismo, llegado posteriormente al poder como consecuencia de la normalización democrática establecida por el gobierno militar, haya aplicado a través de jueces prevaricadores comprometidos, la amnistía solamente a favor de los subversivos, negándole su derecho a los miembros de las fuerzas armadas a quienes les correspondió sofocar la rebelión.

En ese museo de la memoria y como bien lo señaló el distinguido columnista Hermógenes Pérez de Arce,  sólo se presenta una parte de la verdad histórica.

Se omite toda referencia a Antonieta Maachel, agricultora dedicada, que se hallaba sola el 30 de noviembre de 1970 en la casa de su fundo La Tregua, en Valdivia, cuando una horda del régimen la invadió. Después de vejar a la propietaria y abusar de ella, saqueó alacena y bodega, y se entregó a un festín desenfrenado. La mujer, indefensa, violentada y despojada, previendo abusos aún peores, puso fin a sus días en el segundo piso de la casa.

También se omite al agricultor de Río Bueno Raúl Vásquez Becker, quien el 31 de marzo de 1972 fue quemado vivo en el interior de su casa, por otra horda gobiernista deseosa de apropiarse de su reserva de 120 hectáreas. En el reciente libro “Las mejores cartas a ‘El Mercurio’”, p. 291, aparece una de su hijo, revelando cómo, tras el bárbaro asesinato, el gobernador de Río Bueno y el director de la Cora de Valdivia le dijeron: “Señor Vásquez, sabemos que le corresponden 120 hectáreas. Le recomendamos renunciar a sus derechos, pues si no lo hace, le tomaremos el campo todos los días”. Entonces su abogado le aconsejó: “Mejor entrega, Raúl, o te matarán a ti también”.

Y cómo olvidar al agricultor Raúl Quezada, padre de ocho hijos, muerto a palos por negarse a entregar al régimen su reserva en Rinconada de Teno (enero de 1972).

En esos mil días fatídicos, iguales cosas sucedían en todo el país. Como dijo la Presidenta Bachelet en la inauguración de su museo, aunque refiriéndose al gobierno militar, “actos de barbarie masiva y organizados desde el Estado”. Y no sólo en los campos. En el frigorífico “San Fernando”, de Melipilla, ocupado a la fuerza por las hordas gobiernistas, su dueño, Enrique Núñez, quiso ingresar con un técnico para evitar el peligro de explosión por falta de mantenimiento. Lo mataron a balazos por la espalda (mayo de 1972).

La misma barbarie generalizada, que perpetraba esos y otros crímenes, como el del ex ministro Pérez Zujovic, asesinado el 8 de junio de 1971 por terroristas recién indultados por Allende, también torturaba a opositores pacíficos. En este diario  -señala Pérez de Arce refiriéndose a El Mercurio- el 23 de enero de 1972 el presidente de la Juventud Nacional relataba “Mis torturas en manos de la policía”. Otros profesionales amigos míos también las sufrieron. En particular, recuerdo al locutor de Canal 13 Carlos de la Sota, apresado por intentar anular la interferencia estatal a la señal del canal en Concepción. Pues la barbarie buscaba suprimir la libertad de expresión. Y el primero de los nombrados, tras sufrir las descargas eléctricas, fue interrogado por el subdirector de Investigaciones, Carlos Toro (PC). Era, pues, la tortura institucionalizada.

Es verdad que en naciones asoladas por el terrorismo suele recurrirse a los apremios ilegítimos. Sucedió acá bajo el gobierno militar. Israel, hasta hace poco, aprobaba anualmente leyes autorizándolos. Pero durante la barbarie UP, en Chile no había terroristas contrarios al Gobierno. Eran todos partidarios o funcionarios suyos.

Entonces, doy gracias a la Presidenta  -concluye Hermógenes-  por haber dado pie para recordar a las víctimas de la barbarie, y aprovecho de rendir tributo a las Fuerzas Armadas y Carabineros, los de entonces, por supuesto, que respaldaron y dieron leal apoyo a sus hombres en la tarea de liquidar a los terroristas y restablecer la democracia y los derechos de las personas. Si no tienen monumentos en las calles, los tienen en el corazón de los chilenos de bien.

Por mi parte, pienso en cuánto bien habría podido derivar para Chile si Patricio Aylwin, al recibir constitucionalmente, el 11 de marzo de 2000, el mando de manos del General Pinochet, en cumplimiento del itinerario fijado por el Gobierno Militar y la voluntad democráticamente expresada por el pueblo, en vez de instruir a la Corte Suprema, en un acto inconstitucional,  en el sentido de aplicar una ficción no existente en nuestra legislación, como la del llamado secuestro permanente, y otras aberraciones jurídicas como la aplicación de doctrinas foráneas y acuerdos internacionales no ratificados por el Congreso, como lo requiere la constitución para que puedan tener  fuerza legal en Chile, hubiera seguido el ejemplo de Nelson Mandela, de Sudáfrica.

Mandela fue elegido Presidente después de 27 años de encarcelamiento, y violencia, pero llegado al poder privilegió la reconstrucción del país y la convivencia ciudadana sobre las odiosidades y el revanchismo, y dictó los indultos necesarios para ambos bandos y los hizo cumplir.

Y así se inició la recuperación económica, social y política de un país devastado por sus luchas internas. Y de estar eliminada del turismo internacional en razón de su alta peligrosidad, Sudáfrica logró en un par de años solamente, ser reincorporada a la organización deportiva internacional y ser nada menos que sede de los Juegos Olímpicos, consolidando su normalidad ante el mundo antero.

Read Full Post »