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Edición Febrero 2010

Edición Febrero 2010 Chile

EDITORIAL

48,3%

La historia política contemporánea no conoce un caso similar al chileno, en donde una mandataria  – principal activista de campaña y detentando el 82% de las simpatías populares – haya conducido a su candidato a la derrota, empujándolo hacia posiciones radicalizadas de añeja izquierda. Posturas que Frei Ruiz Tagle nunca sintió como propias.

Esto lleva a colegir que dicho 82% de Bachelet, era de simpatía, de popularidad como una figura mediática famosa, pero nunca de adhesión. Y que el hastío y hasta indignación de los chilenos con las frecuentes rapiñas y abusos del oficialismo, tenían inexorablemente que terminar.

Poruñazos que ahora el coro oficialista relativiza hablando de que ellos sólo asaltaron “la caja chica” (Tesis de The Clinic). Como si los miles de millones despilfarrados (EFE, Transantiago, MOP, etc.) fueran bicocas.

Entonces, el 48,3% de Frei Ruiz Tagle al que algunos analistas del concertacionismo marchito le dan el carácter de epopeya, debe analizarse racionalmente a la luz de los datos duros que el mismo contiene.

Sebastián Piñera obtuvo medio millón de votos más que en la primera vuelta, no obstante que el total de votantes disminuyó en 34.161 electores respecto a diciembre 2009. (Todos los irresponsables que se fueron de vacaciones). Eduardo Frei agregó 1,3 millones a sus resultados de diciembre (2.043.514), pero perdió por 222.742 preferencias.

Los votos nulos y blancos bajaron a 242 mil, contra 284.369 en la primera vuelta, pero la abstención aumentó de 11% a 12%, es decir, 965 mil inscritos no fueron a votar. En definitiva, Piñera le ganó a Frei por 3,23 % (51,61 versus 48,38).

Dicha cifra, inferior al 48,7% con que Lavín fue derrotado por Lagos en enero del 2000, fue lograda sacando todo el raspado de la olla.

Apelando a toda la intervención electoral posible.

Cuando decimos a toda, es literalmente toda, como lo pudo padecer y repudiar una mayoría ciudadana.

Ubicando a una Jefa del Estado como principal promotora de campaña y abandonando su rol de Presidenta de la República, de todos los chilenos.

Sumando a fardo cerrado a comunistas pro FARC, con chavistas del MAS, con cubanos castristas de ME-O, a la par de demócratas cristianos conservadores, pinochetistas disidentes como Pérez De Arce, ex Patria y Libertad reciclados, pepedes de los socialdemócratas y de los ex miristas. Socialistas de esos que siendo asalariados del Estado, conforman más del 75% de la plantilla del PS. Y por cierto, unos poquitos radicales, de esos que en la mañana firman solemnemente rojo y en la tarde reniegan diciendo negro.

Es decir, el TOCOPI a tope. Todos contra Piñera.

Ese “mítico” 48,3% fue logrado sobre la base de hacer creer a los chilenos majaderamente que Bachelet era querida por un 82% de sus súbditos y con una situación económica en los mejores cuadros macro de la región.

Ahora ese 48,3% es “la mitad del país”. Cuando Lavín logró el 48,7% frente a Lagos, ese 48,7% sólo era una minoría reaccionaria y despreciable.

Por su parte, los candidatos a parlamentarios para diciembre 2009, que apenas llegaron a un 44%, algunos de los cuales resultaron milagrosamente electos como el senador hoy jefe del PS,  Fulvio Rossi, gracias al sistema bi nominal, en todos sus afiches aparecían apadrinados por Bachelet, como reina madre y no por quien ME-O denominó despectivamente “el señor 29%”.

Frei Ruiz Tagle toda su segunda vuelta electoral la hizo en el regazo de Bachelet, quien se mostraba en las gigantografías inmediatamente detrás del candidato que iba a ganar por nariz, diciendo implícitamente, ahora yo lo apoyo a él y en el 2014, él me devolverá La Moneda a mí.

Esto, dentro del sueño concertacionista de gobernar – a lo menos – un medio siglo seguido como los hermanos Castro en Cuba o el izquierdista PRI mexicano. Quimera que ya buscan plasmar los montoneros Kirchner en Argentina, el comandante Chávez en Venezuela y nuestro vecino Evo en Bolivia, entre otros.

Así las cosas, veinte años de concertacionismo no eran nada.

Después de Frei Ruiz Tagle vendría de nuevo Bachelet. Y tras Bachelet, Escalona. Y después de Escalona, Girardi. Y tras Girardi, el hijo de Lagos, Lagos Weber y la Carolina Tohá, antes de que se pusiera vieja y así… hasta el final de los tiempos.

Los “rostros” de todas las teleseries actuaron con Frei Ruiz Tagle. Y fracasaron.

La rastrera “prensa de derecha”, hasta el final estuvo jugando a dos bandas. Por si acaso. Y también perdió.

Los animadores televisivos participaron activamente en pro de Frei Ruiz Tagle, partiendo por quien se conoce en medios faranduleros como el Rock Hudson chileno. Y también funaron.

Y la campaña del terror de la que en las postrimerías hasta se hizo eco torpemente ME-O, cuando apoyó al señor 29%, igualmente fracasó.

No obstante que el miedo más deleznable se implementó con las acciones desatinadas y anti jurídicas del juez Madrid con el caso Frei Montalva y sus encarcelaciones de distinguidos médicos, a cinco días de la primera vuelta presidencial, por una mera “casualidad” procesal.

Aquello prosiguió con las encargatorias de reos internacionales de diversos personeros del régimen militar decretadas por remedos de Garzón y con el funeral comunista a todo bombo de Víctor Jara.

Para culminar con la inauguración del Museo de la Memoria Sesgada, encabezado por Bachelet, curiosamente también a seis días de la segunda vuelta presidencial y cuyas derivaciones por la burda manipulación de algo tan sagrado y respetable como son los DDHH, no tuvo la más mínima repercusión entre la opinión pública criolla.

Para llegar a ese 48,3%, Frei Ruiz Tagle, perversamente mal aconsejado por el entorno directo de su círculo más cercano de asesores políticos y ex orejeros de La Moneda, queremos creerlo de buena fe, en contra de su voluntad, hizo uso y abuso de esas execrables prácticas de la sicopolítica estalinista.

La misma que a través de El Siglo, Puro Chile y Clarín y toda la orquesta roja de medios de desinformación, injuriara hasta el hartazgo de la nausea a su padre entonces presidente del senado – Eduardo Frei Montalva- en el trienio UP, 1970 – 1973. Conforme lo puede comprobar cualquier joven chileno que se acerque a la Biblioteca Nacional.

Ahora entonces algo más aquietadas las aguas de las bajas pasiones desenfrenadas, por la pérdida del poder arrogante, es pertinente analizar qué pasará con ese 48,3% en lo sucesivo.

Porque las cuentas alegres en los todavía moradores de La Moneda les cantan que bastaría cambiar rostros para ser mayoría en 2014.

Que unos brochazos de manito de gato bastarían para que los chilenos vuelvan a comulgar con ruedas de carreta socialistoides.

No obstante que la cruda realidad indica algo diametralmente distinto.

Porque el asunto no es un juego de mascaras ni artilugios.

Porque cuando se habla de refundar la Concertación y crear un nuevo referente no puede pensarse – por enésima vez – que los chilenos somos estúpidos y que así como fueron engañados por Bachelet con aquello de que “en mi gobierno nadie va a repetirse el plato”, ahora sólo bastaría con incorporar a los comunistas, hacer la UP del siglo XXI y sentarse a decir, listo, ya nos renovamos.

O intentar embaucar a la ciudadanía con que el regreso de ME-O a la Concertación con caritas nuevas va a ser “el nuevo referente”, mientras en las sombras siguen manejando los hilos de las marionetas los manipuladores estalinistas de siempre.

Si un merito tuvo la Alianza por Chile, fue el haber tenido la grandeza de desterrar odios y rencores y recibir a figuras emblemáticas del allendismo y de la propia Concertación como Fernando Flores, Jorge Schaulson, Roberto Ampuero, Patricio Navia o Jorge Edwards. Sin ningún tipo de reservas, resentimientos ni condiciones.

Por el contrario. Todavía en la Concertación muchos de sus capitostes y no sólo los de la vieja guardia, se sienten dueños de la verdad absoluta. Ellos dictaminan quienes son demócratas, después de haber prohijado a Honecker y seguir amando a Fidel y Chávez. Ellos son los dueños de la cultura. De lo que esprogre. Ellos dan pasaportes de blancura en DDHH, con su sistema carcelario vergonzante, donde hay violaciones masivas y permanentes de los DDHH, en salvajes hacinamientos y tratos degradantes de los internos, como lo ha denunciado reiteradamente la fiscal de la Corte Suprema, Mónica Maldonado.

Es decir.

Mientras en el nuevo referente que se quiere crear a partir del terremoto del 17 de enero, no exista la apertura y grandeza para acoger a todos quienes adhieran a un proyecto de futuro, sin tarjetas excluyentes de sectarismo odioso, ese 48,3% se seguirá jibarizando.

Y eso debe ser de verdad. Sin dobleces.

No como ME-O, que cuando tuvo su instancia culmine, terminó apelando al pasado de su padre biológico Migue Enríquez, cuando quería ser el líder de los chilenos de la primera mitad del siglo XXI.

Ese 48,3% ahora por consiguiente, con un gobierno integrador, generoso, fraterno, eficiente de Piñera y los suyos, debería irse derritiendo como mantequilla al sol.

Habida consideración que la Concertación creó un clientelismo político que únicamente le siguió por razones de carencias materiales. Clientelismo que ahora verá la satisfacción de dichas necesidades en la vereda del frente y por ende adherirá a los nuevos proveedores.

Funcionarios en quienes si comprueba la honradez y probidad que no percibieron en sus antecesores, le redoblarán las razones para apoyarles, al no verificar despilfarros colosales como los US$ 5.500 millones del Transantiago o los US$ 1.200 millones de ferrocarriles o las botaduras al por mayor de Codelco, donde unos pocos privilegiados en un mañoso bono de fin de conflicto, sacan lo que un asalariado obtiene de indemnización laboral por toda una vida de trabajo.

De igual modo, hacer cuentas alegres con la votación de millones de jóvenes menores de 40 años con un discurso estúpido que se quedó en la lógica del “Sí” y el “No”, en dividir a los chilenos entre víctimas y victimarios, entre explotadores y explotados a la usanza del siglo XIX, entre pinochetistas y allendistas, sólo le reportará a la Concertación terminar como una minoría casi folklórica, como sucede hoy con los comunistas en Francia, Italia o España.

Los resultados cercanos al 60% favorable a Piñera en las mesas de nuevos inscritos habla por sí solo al respecto.

Porque para jóvenes que están comenzando el desarrollo de sus proyectos personales orientados hacia el 2030, hablarles de las odiosidades de la guerra fría de los setenta es lo mismo que aludirles la segunda guerra mundial o la copa del mundo de 1962.

Para ellos todo eso es historia. Respetable historia. Pero pasado. Papeles amarillos. Naftalina polillera. Hojas ajadas.

Dichos jóvenes vieron en la pujanza de Piñera ganas de seguirle. De mirar hacia el mañana que les pertenece.

Al frente. Tuvieron el Museo de la Memoria Sesgada. Los ridículos con baile y peluca que le hicieron hacer los suyos  – para desbarrancarlo hacia la derrota – a Frei Ruiz Tagle. Y gárgolas concertacionistas que pretendían aterrarles con la vuelta del pinochetismo de los ochenta. ¡Treinta años después!

Y como corolario de despedida, queda el Estadio Nacional desmantelado. El mismo coliseo deportivo que iba a ser groseramente manipulado por la propaganda estalinista el 3 de marzo y que tuvo para la despedida la misma suerte que el recordado montaje del hospital de Curepto.

Ahora entonces, las apuestas que se alzan entre los analistas más avezados de la plaza, se vierten en a cuánto descenderá dicho 48,3% del TOCOPI, con un gobierno innovador, redistributivo, honrado y amigable con la gente.

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