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Archive for 14/04/10

comentario Político semanal

   Me había prometido a mi mismo no insistir con el tema de los impuestos. Pero tras ver ayer en Tolerancia Cero a la porfiada de la Lily Pérez volver con el Royalty y de que "no se va a afectar a las personas y las pymes" y al chascón Villegas calificando de babosos a todos los que seguimos escribiendo en contra del tarúpido  "impuesto a las grandes empresas", tengo que  reincidir. Ya expliqué que el "impuesto a las grandes empresas" es una invención infernal y demagógica del gran visir Hinzpeters. Es una movida "política", se han dado cuenta todos, desde nosotros los "babosos" hasta el último cabro chico. Pero calificarla de "política" es premiarla, es darle altura, la verdad  es que es una medida politiquera, demagógica, populista, y…lo peor de todo…sumamente torpe pues abre una caja de Pandora, abre un tema que debiera estar cerrado. Yo no permito que se discuta si mi mujer puede o no prostituirse, ese es un "no tema" para mí, es un tema cerrado.
   Reconozco que a veces me pongo baboso, sobre todo cuando me traen a mi nieto Ciro de un año y medio, el también vive en Reñaca y me lo traen casi día por medio así que baboseo mucho, son litros de baba. Y entre la lista de babosos que han escrito contra esta inmensa estupidez demagógica del "impuesto a las grandes empresas" hay muchos otros distinguidos babosos, incluyendo a otro chascón que para mi gusto ha sido lejos lejos el mejor Ministro de Hacienda de Chilito. Me refiero al Chascón Buchi, también conocido como el "pelao" Buchi, colega ingeniero de la gloriosa Universidad de Chilito y a quién conocí personalmente. Le copio a usted lo que escribió el baboso chascón Buchi al respecto, y a la siempre políticamente correcta Lily y al chascón Villegas les doy como tarea leérselo unas 40 veces hasta que les dentre en la cabeza y lo entiendan.

El Fisco tiene recursos y poca deuda. Una emergencia como esta es la oportunidad para usar esa holgura. Si no es ahora, ¿cuándo?

Desgraciadamente, en general lo que es intuitivo y aceptable políticamente no es lo correcto. Esto explica la pobreza que aún es mayoritaria en el mundo, ya que ha impedido que las políticas públicas sean las adecuadas para aprovechar los conocimientos y avances tecnológicos levantando a la humanidad de la miseria.  La incapacidad para superar esta dificultad es quizás la mayor tragedia que conocemos.

Estas semanas hemos visto un ejemplo en los planteamientos tributarios en relación al terremoto.  Es atractivo proponer alza de impuestos, especialmente a un ente abstracto como las empresas.  El argumento es simple: hubo una tragedia, que todos paguen. Se olvida que el desastre afectó a todos.  Todos tienen que soportar algún costo: Fisco, empresas y personas.  Las empresas no gastan con sus recursos, sólo producen, invierten, emplean o disminuyen deudas, lo que hace más accesible a terceros financiarse. Todo ello es lo que necesitamos para superar la pobreza, y hoy en la emergencia con más impuestos tendremos menos. El Fisco, más allá de las dudas sobre la certeza de sus cifras de ahorro en el pasado, tiene recursos y poca deuda. Una emergencia como esta es la oportunidad para usar esa holgura.  Si no es ahora, ¿cuándo?  Es tarea de los técnicos -hay muchos y buenos en el gobierno- hacerlo en la mejor forma para minimizar otros efectos macroeconómicos.

Se ha insinuado que el problema no es sólo la emergencia del sismo.  El déficit estructural legado sería mayor, quizás el 2% del PIB, y ello requiere corrección.  Si es así, no es el único legado a corregir. La productividad cayó al 1,6% anual durante el gobierno de Bachelet.  Si queremos progresar, es imposible sin mejoras en ella. Quizás  la tarea más crítica de este gobierno sea precisamente esa; es imprescindible para relanzar el crecimiento. Más impuestos y dificultades para invertir son el camino equivocado para lograrlo. Aun cuando la situación fiscal no haya sido tan positiva como se decía, existe un amplio espacio para ajustar las cuentas en un plazo que no tiene por qué limitarse al actual período presidencial.

En la discusión han rebrotado argumentos de otra índole. Que los impuestos a las empresas son bajos y que son injustos para las personas. Esos argumentos no son correctos. No debemos compararnos con países desarrollados que crecen poco para lo que necesitamos. Nuestros impuestos no son bajos si los comparamos con las etapas dinámicas de desarrollo que quisiéramos emular. Más aún, la recaudación efectiva del impuesto a las empresas como porcentaje del PIB es más alta en Chile que en muchos otros países, incluso los de tasas altas. Ello es porque probablemente se aplican con menos exenciones y se usan bases distintas.  Respecto de las personas, no existe tal inequidad. Son impuestos de naturaleza distinta; Chile tiene un sistema integrado que cuando llega la riqueza a las personas tributa en forma equivalente. Ya vimos que las empresas no gastan, producen. El impuesto a ellas es un anticipo a las personas que en términos de impulso a la inversión y el empleo, fuente última de la eliminación de la pobreza, cabría pensar en bajarlo, no subirlo.

Pero lo más grave de esta polémica está en el plano político. Veinte años de gobierno de la Concertación deterioraron nuestra capacidad de superar la pobreza. El esfuerzo de muchos impidió que el proceso se acelerara más, siguiendo el camino políticamente fácil y acorde con su ideología. Sería un mal presagio que las primeras medidas de un gobierno que debía marcar un cambio en este aspecto se iniciaran por el mismo camino

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Ser democratacristiano hoy

Gonzalo-Rojas.gif¿Habrá algún DC que no reconozca que su partido vive hoy momentos muy difíciles? Y, claro, no se trata del Padena o de la API, sino de una de las colectividades más relevantes en la historia de Chile en los últimos 70 años, por lo que es toda la política chilena la afectada.

Derrotado su reciente candidato presidencial; descolocada su dirigencia concertacionista por el progresismo ilimitado de sus socios; desanimadas sus bases por la indefinición de sus dirigentes, todo le tiembla, más allá de una exitosa elección de senadores. Una triple D —derrota, descolocación y desánimo— inunda la conciencia democratacristiana. Es cierto que ese órgano clave —que hace de válvula de seguridad en la vida personal y colectiva— hace ya años que en la DC no funciona como debe, pero también es efectivo que los viejos falangistas todavía se preguntan cómo es posible que haya sucedido todo lo que les pasó; se interrogan sobre tantas cosas mal hechas y apenas encuentran respuestas.

“La defensa del hombre amenazado en su realidad espiritual antes que en las estructuras más exteriores, y la defensa de ciertos valores universales es la tarea urgente”, afirmaba un autor. Y otro añadía: “Los acontecimientos de la política nacional, las nuevas orientaciones del pensamiento católico, las directivas pontificias y otras causas contribuyeron a formar una generación juvenil de acusados perfiles propios, que encerraba valores indiscutibles y manifestaba definida personalidad, dentro de amplia y consistente homogeneidad”.

Eso fue la DC originalmente: convicciones fuertes, junto a organización y mística, para defenderlas y promoverlas. Son citas que los viejos falangistas reconocen de inmediato y a las que adhieren con reverencia. Pero son sentencias que los actuales DC —en su mayoría, buenas personas— consideran quizás algo ñoñas o beatas.

Si aún las valoraran, de ninguna manera la Democracia Cristiana exhibiría una confusión tan grande sobre qué es la persona humana y qué implica proteger su dignidad y su trascendencia.

Porque el principal error de la DC actual no está en sus concepciones estatistas, ni en su desmesurado democratismo, ni en algunas de sus fórmulas económicas fracasadas, sino en la manera gelatinosa en que el partido conceptualiza sobre el ser humano.

Y si tuvieran en cuenta aquellas antiguas afirmaciones, no temerían asumir un camino propio, depurado del mesianismo de los 60, pero fuerte en perfiles bien diferenciados. Por el contrario, hoy la DC aparece en tantas materias simplemente como otro PPD, sólo que disfrazado con ropajes algo clericales cuando la amenaza progresista toca a degüello.

Finalmente, si consideraran aquellas frases como vigentes, no habrían facilitado la presencia en el Congreso —sí, en listas comunes— de quienes niegan todos y cada uno de los presupuestos cristianos del orden social y, de paso, han combatido con energía a los propios falangistas desde su origen, allá por fines de los años 30. Pero lo que les espera es todavía peor si no reaccionan: rendirse a una alianza aún más amplia con las izquierdas, con ese PC presente y creciente, bien amparado en sus variados socios.

(Por cierto, las citas referidas corresponden a Eduardo Frei Montalva y a Alejandro Silva Bascuñán, respectivamente).

Lo que haga la DC —podría pensar alguien— es problema de ella. No: ciertamente, puede ser problema y drama para Chile y, en especial, para la UDI y su necesidad de aprender de los errores falangistas.

Desgraciadamente, siempre cabe la posibilidad de que clame algún democratacristiano: ¡Que no nos vengan a dar lecciones desde fuera!

¿Y de dónde si no?

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