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Gonzalo Rojas
Miércoles 31 de Marzo de 2010

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Mientras ocupaba la Presidencia de la República, se corría un gran riesgo al criticarlo. Desde su Olimpo, Zeus fulminaba a sus contradictores con un rayo, mitad autoritario, mitad irónico. Entonces, aunque muchos se atemorizaban, otros admiraban su prestancia.
Pero el péndulo se trasladó al extremo contrario cuando pasó a ser el simple ciudadano Ricardo Lagos Escobar. No faltó aliancista que no le imputara responsabilidades en campos tan variados como el transporte público o las relaciones exteriores, la seguridad ciudadana o la calidad y transparencia de las obras concesionadas. Incluso en juicio ha tenido que declarar.

Y, entremedio, apareció también un curioso fenómeno: han sido sus propios partidarios —despechados algunos, desilusionados otros— quienes hasta el día de hoy le critican esa tendencia a visitar la política chilena desde los espacios siderales, planear sobre ella, tocarla con su varita mágica y elevar de nuevo el vuelo hacia rumbos desconocidos.

Cuando pasa algo así, cuando a un actor relevante de la vida pública casi todos sus pares —sí, casi todos, de verdad— le critican o censuran esto y aquello, al interesado sólo le cabe reflexionar y corregirse.

Pero Ricardo Lagos Escobar parece incorregible. La culpa, los errores, siempre son de los demás; sólo son suyas las soluciones perfectas. El dedo aquel está siempre presto para señalar el único rumbo adecuado.

Allá por 1989, poco antes de derrotar electoralmente al líder del PPD, Jaime Guzmán afirmaba en la comisión política de la UDI de la época algo así como que “hay dos políticos en Chile que son diferentes y en los cuales no se puede confiar”. Uno de los mencionados fue Ricardo Lagos (el otro no viene al caso; me lo reservo para mejor oportunidad).

Efectivamente: no pueden confiar en Lagos sus adversarios; pero tampoco pueden confiar en él ni siquiera sus partidarios. Así nos lo ha sugerido el mismo Pepe Auth.

¿Por qué? Simplemente porque Lagos ha recordado en estos días dos concepciones suyas que lesionan gravemente la vida cívica, a pesar de sentirse él tan republicano.

Así ha sucedido, ante todo, al insistir en que el Presidente de la República debía ser el líder de la Concertación. Pero justamente lo que se le pedía al asumir la Primera Magistratura, al ejercerla y al abandonarla, es que distinguiera el papel partidario del rol nacional. Está claro que no lo logró. Lagos insistió siempre en el ethos republicano, pero nunca pudo entender la distinción entre la conducción del Estado y el liderazgo partidista. Y persevera en esa confusión, como si desde una nueva coyuntura soñara con reconstruir una opción presidencial.

Y, en segundo lugar, al remarcar que la Concertación perdió porque no supo defender las obras realizadas durante 20 años. Pero precisamente lo que la mayoría electoral ha querido decirle a la Concertación es que, en el balance final, el déficit era perceptible y que por eso no se le renovaba el mandato. Sencillo y claro.

A pesar de esa evidencia, Lagos insiste en achacar la derrota a carencias comunicacionales y no a los errores de las políticas sociales y culturales de la Concertación. Convencido de que se trataba de comunicar mejor y punto, ¿cuánta plata más habría gastado él para ganar la última elección a través de recursos mediáticos?

Cuando alguien toca a Lagos desde la vereda del frente, la piel de la Concertación se enroncha y afloran variados anticuerpos en su defensa. Pero por dentro, a nivel de vísceras, da la impresión de que han entendido exactamente de qué se tratan los actuales propósitos del ex Presidente. Y no parecen muy entusiastas ni unidos para secundarlos.

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