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La mirada opositora

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17  Marzo  2010

Los ojos de los ciudadanos están enfocados en el nuevo gobierno, y los de la flamante administración, a su vez, están centrados en las necesidades de los compatriotas más afectados, especialmente los que habitan entre la V y la IX Región.

Ni de reojo se les ocurre a unos u otros fijarse en la oposición, aunque el ministro Larroulet tenga que atisbar algo de los propósitos concertacionistas para obtener apoyos a la legislación de emergencia.
Que los chilenos comunes y corrientes —incluso los que votaron Frei— cambien tan rápido su enfoque y olviden de inmediato todo el bacheletismo epidérmico, resulta positivo. Porque aquella sonrisa cordial se diluyó como espuma en el aire en los momentos de máxima emergencia; y eso, ese fracaso, no lo olvidarán tan fácilmente los de a pie.

Pero que ministros y subsecretarios, intendentes y gobernadores, senadores y diputados aliancistas olviden de qué pasta está hecha la Concertación, sería un error, y de los gruesos.

Hay que escrutar la mirada opositora; nunca olvidarse de ella. Y si hoy tiene la Concertación sus ojos vueltos para adentro, porque no maneja ya el billete ni tiene la seguridad de su propia cohesión, los días pasan rápido y las semanas jugarán a su favor.

Tres opciones se le abren a la oposición y en las tres sabrá moverse, según quién conduzca.
Por una parte, el silencio prudente y la colaboración eficaz. Será la tesis de ese grupo pequeño, pero significativo dentro de la DC, que no ha olvidado aún cuánto le exige su visión cristiana y cuánto puede unirla al gobierno de Piñera. Pero algunos de ellos dejaron ya el partido y los que quedan dentro, desgraciadamente, no prevalecerán.

En segundo lugar, se abre la opción del ataque frontal, de la palabra dura, de la negación abierta. Hoy, a mediados de marzo, parece poco viable un estilo así, como si del “No” se tratara, aunque casi un cuarto de siglo después. Pero, considerando que el carácter sísmico de Chile arrasa también con nuestra memoria de corto plazo, esa es una opción perfectamente viable para uno o dos meses más. Y ahí estarán el PS y el PPD para conducir con vehemencia. Ella obviamente no figurará, porque debe ser preservada para el 2014; pero ellos —Rossi, Girardi, Tohá, Díaz—, ellos sí estarán muy dispuestos y activos desde abril, y se vendrán con todo. A veces lo harán con sutileza, como ha sido la petición para duplicar el bono-marzo; en otras, serán simplemente más frontales.

Además, queda siempre abierta la tercera opción, la de la movilización social por sectores. Si el PC ha tenido que redefinir todas sus estrategias después del 27, que nadie piense que los maestros del doble estándar van a privarse de sus instrumentos habituales en un escenario algo más difícil que el previsto. Variarán en intensidad y en oportunidades, pero sacarán castañas con manos gatunas… las sacarán.
Porque, ¿quiénes eran esas mujeres que blandían sus puños cerrados frente a los saqueados supermercados de Concepción? ¿Del saqueo al sabotaje?

Las tres estrategias son compatibles, las tres pueden ponerse en práctica desde sensibilidades distintas —porque habrá más de una oposición, por cierto—, pero ninguna puede ser desechada de antemano por el Gobierno, ni mucho menos debe la nueva administración olvidar que las tres están siendo estudiadas, matizadas y pauteadas por gente que tiene todavía un enorme poder comunicacional.

Muchas cosas tendrán que develar los nuevos funcionarios sobre el tamaño de la corrupción en los últimos años. Bien, pero que ninguna los prive de una mirada analítica sobre el presente y el futuro inmediato de esa oposición desacreditada —pero no derrotada— a la que deberán enfrentar.

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CUANDO TODO TIEMBLA

GONZALO ROJASGonzalo-Rojas.gif

Miércoles 03 de Marzo de 2010

Todo lo planificado para el sábado 27 de febrero se fue al suelo. Como se había deshecho igualmente todo lo previsto para el lunes 4 de marzo de 1985.

Un terremoto detiene el tiempo, lo corta, descuajeringa las secuencias y nos hace partir de nuevo. Es a.T. y d.T. El reloj del hospital de Cauquenes —y tantos otros repartidos por el país— quedó fijo en las 3:34, ofreciendo una señal inequívoca: ése fue el momento desde el cual millones de habitantes de esta patria fuimos iguales en la incertidumbre y en el pánico.

Durmiendo o en medio de una fiesta, ya incorporados al año laboral o terminando las vacaciones, ese instante fue para todos un inesperado punto de partida, nunca previsto, en absoluto planeado, pero ahora fundacional, causante.

Habitualmente evaluamos las consecuencias de nuestros propios actos. He acertado o he fallado: ése es nuestro diagnóstico al analizarlas. Ahora no, ahora es el caos el que prima, y eso descoloca especialmente a los modernos, a quienes les gusta tenerlo todo bajo control. Porque cada cierto tiempo, el caos entra sin permiso, y captura zonas completas de la realidad: desordena, hiere, destruye y mata.

Después, con el fluir de los días, se va abriendo paso la pregunta fundamental, primero en la conciencia y después en el diálogo. Es la interrogante que pretende expulsar el caos hasta la próxima: ¿Qué causó todo esto? ¿A qué se debió? Y junto con esa duda, su complemento: ¿Y para qué todo lo que ha pasado? ¿Tiene algún sentido?

Las respuestas surgen, porque los humanos somos animales que contestan preguntas, y de las más complicadas.

Los cientifistas dibujan esquemas, colorean diagramas, tabulan cifras, mueven ondas en animaciones 2.0. Así fue el terremoto, por esto fue un maremoto, nos dicen. Explican los porqués hasta donde pueden, es decir, algo más adentro de nuestros sentidos que oyeron, vieron, olieron, palparon y gustaron (por el hambre y la sed) de las realidades mismas del desastre. Está bien, es lo suyo y, con humildad, muchos científicos reconocen en estas ocasiones los límites de esa ciencia que otras veces se infla, pretendiendo ser el plano último de las explicaciones.

Los racionalistas, por su parte, ya hablan de prevenciones insustanciales, de cálculos mal realizados, de procedimientos insuficientes, de políticas públicas fallidas, de intervenciones estatales negligentes, de informaciones mal proporcionadas. Puede ser, cada una de esas cosas puede ser (y varias de ellas han sido), pero con todo eso solucionado, el 8,8 habría estado igual ahí, y seguiríamos preguntándonos quién lo había invitado y por qué.

Los que sí están perplejos, sin respuesta, son los ecologistas profundos. Siempre culpando a los humanos de todos los males del planeta, se encogen de hombros ante las fuerzas ilegales de una naturaleza a la que adoran y dan culto mientras se muestra plácida, pero a la que miran como pariente empobrecido cuando se desboca desde sí misma. No, ellos no están en condiciones de contestarnos por qué Gaia enloqueció.

¿Y los creyentes? Los que rezan explican con la paz de sus miradas, con el afecto de su caridad, con la mano de su solidaridad. O sea, traslucen y ponen en acto la paternidad de un Dios en el que se radican todos los misterios.

Finalmente, siempre existe la respuesta que no contesta, porque afirma que nada de lo sucedido tiene explicación alguna, porque la vida es en sí misma el caos. Bien, si se atreven, díganselo a los rescatistas, y a los que lloran a sus muertos, y a los soldados que protegen poblaciones asoladas y a los periodistas que se arrastran agotados y a esos millones que buscan respuestas y sentido. Atrévanse a decírselo, pero no se quejen de la reacción, ¿ya?

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