Año 8 – Ventana a la Historia – Raúl Hermosilla Hanne
1 de octubre de 2008
El día 19 de septiembre último se llevó a efecto la Parada Militar, acto oficial con el que las demás ramas de las Fuerzas Armadas y Carabineros rinden homenaje al Ejército de Chile, en el Día de sus Glorias. Encabezó la parada, como es tradicional, el Club de Huasos Gil Letelier, en reconocimiento de la base campesina de nuestro ejército independentista. De acuerdo al respectivo protocolo, se acerca a la Tribuna Oficial, montando caballo chileno, el Presidente del Club, y ofrece al Presidente de la República y demás autoridades, un gran cacho con chicha, para brindar por nuestro glorioso ejército.
Con esta columna quiero hacer un brindis simbólico por los huasos chilenos, cuyo Presidente, después de diez años, nos permitió escuchar nuevamente en un acto oficial el lema de nuestro ejército, al expresar a la Presidenta de la República, que le ofrecía el cacho de chicha para brindar por las Glorias del Ejército, Siempre Vencedor, Jamás Vencido. La última vez que los chilenos pudimos escuchar en un acto oficial el lema tradicional fue el 10 de marzo de 1998, con motivo de la entrega del mando del Ejército del General Augusto Pinochet al General Ricardo Izurieta, ocasión en que este último dijo: Asumo el mando del Glorioso Ejército de Chile, Siempre Vencedor, Jamás Vencido.
Algunos historiadores, dominados por pasiones políticas, proclamaron que la frase no tenía sustentación histórica, porque el Ejército chileno había sido derrotado en dos ocasiones, en Rancagua, en 1814 y en Placilla, en 1891. Como resultado, se instruyó suprimir de los actos oficiales la mención del lema. Pero en esta ocasión los huasos chilenos la han reivindicado.
A fin de que se comprenda mejor por la ciudadanía la validez de la reivindicación, voy a hacer algunas observaciones, y diré, en primer lugar, que para que un ejército sea derrotado se requieren, antes que todo, dos cosas fundamentales, a saber: que exista el ejército, y que una fuerza ajena al mismo lo haya vencido. Ninguna de esas situaciones se da en las dos derrotas que esos odiosos historiadores aseguran haber sufrido el ejército chileno.
En efecto, el Ejército de Chile sólo fue creado en 1817 por decreto supremo que lleva las firmas de Bernardo O’Higgins y de su ministro Ignacio Zenteno. Antes del establecimiento de la república y del estado chileno, el estado era el Rey de España, y algunos patriotas tanto del centro como del sur del país, entre ellos José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins, lucharon por la independencia de la colonia, en el fondo con nobles huasos a caballo, y fueron derrotados en Rancagua por las tropas regulares del rey. Se refugiaron en Mendoza, donde con el apoyo de la ciudadanía y la preparación militar entregada por el general José de San Martín –especialmente a O’Higgins y a otros jefes- se organizó el Ejército de los Andes, al mando de San Martín, que era militar de carrera, formado en el Ejército español. Este último, como libertador de Argentina, veía la conveniencia para la seguridad de su patria de expulsar definitivamente de Chile a los españoles. Si bien O’Higgins no tenía formación militar –su educación en Inglaterra había sido humanista- evidenció excepcionales dotes para asimilar la carrera de las armas, además de destreza, valor, ascendiente de mando, buen criterio, cultura y patriotismo, razón por la cual San Martín, después de impartirle la instrucción correspondiente, le concedió en el Ejército Libertador el grado militar de brigadier.
Ese ejército derrotó definitivamente a las tropas reales en Chacabuco y Maipú. Recién entonces pudo el estado chileno organizarse, asumiendo su jefatura Bernardo O’Higgins con el título de Director Supremo, quién, como ya lo dije, fundó el ejército chileno, y por otro decreto supremo, firmado también por Zenteno en el mismo año de 1817, fundó la Escuela Militar. En el escalafón inicial se ascendió a O’Higgins al grado de capitán general, por ejercer al mismo tiempo el mando supremo de la nación. Mal puede hablarse, en consecuencia, de derrota en 1814 de un ejército creado recién tres años después. Ahora bien, en la Guerra Civil de 1891 se enfrentaron dos fracciones del mismo ejército. Una venció y la otra fue vencida, pero en esa lucha fratricida a la que fueron arrastrados sus soldados por políticos irresponsables, el ejército chileno no pudo ser vencedor ni vencido, porque ello dependería de que nos declaráramos congresistas o balmacedistas.
En el mismo orden de cosas, ¿fue vencedor o vencido el ejército norteamericano en la guerra interna que enfrentó a los estados del norte con los estados del sur? Y en el caso de la guerra civil española, ¿fue el ejército vencedor o vencido? Dependería, en el primer caso, de que nos consideráramos unionistas o confederados y, en el segundo, de si fuéramos franquistas o republicanos.
Lo cierto es que para poder hablar de que un ejército haya sido vencido, tiene que haberlo sido como tal, por una fuerza extraña a él.
El ejército chileno sólo ha afrontado así dos guerras: aquella con la Confederación, y la del Pacífico. En ambas fue vencedor, en el primer caso en Yungay, y en el segundo en Miraflores. En la guerra naval con España, en 1865, el Ejército no participó. Tampoco en la guerra simbólica con Japón, en 1945. Jamás ha sido entonces vencido, a menos que alguien pretenda confundir las batallas con las guerras, lo que equivaldría en términos deportivos a confundir en el box, por ejemplo, los rounds con el match.
Por lo demás, no existe ningún ejército en el mundo que no haya perdido nunca una batalla, pero son escasísimos los que como el chileno no han sido jamás vencidos en la guerra. Ni siquiera el poderoso norteamericano, porque no podría decirse que en la guerra de Vietnam haya sido vencedor.
Con todo, si queremos considerar como Ejército de Chile al fundado por el Rey de España para la protección de su colonia mucho antes de que se pensara siquiera en independencia, o como Ejército de Chile a las huestes campesinas de O’Higgins y Carrera, preciso será aceptar también en esos casos, que el ejército chileno tampoco habría sido jamás vencido en la guerra, puesto que en el primero habría que considerar la guerra independentista como una guerra civil, y en el segundo, habría que considerar el desastre de Rancagua como una batalla de la Guerra de la Independencia lograda por el pueblo chileno. Restar valor a la victoria final en Maipú por causa de la ayuda argentina, como también pretenden sostener, sería lo mismo que afirmar que Inglaterra no le ganó la última guerra a Alemania, por consecuencia de la ayuda de Estados Unidos que, al igual que la Argentina en su caso, defendió sus propios intereses al apoyar a las tropas británicas.
Estas reflexiones parecen útiles en estos momentos en los que tan necesarios resultan los mayores esfuerzos para promover la comprensión y mejor conducción de las relaciones cívico-militares -sin definiciones políticas- para el bien superior de la patria. No hay que llevar la pasión política al extremo de menospreciar el currículum de nuestro ejército y pretender alterar nuestra historia militar, ni tampoco hay que permitir sumisamente que ello ocurra.
Al destacar la actitud del Club de Huasos al restablecer en su homenaje al ejército chileno el reconocimiento de haber sido siempre vencedor, y no haber sido jamás vencido, cumplo también un deber para con la memoria de mi abuelo paterno, quien en 1880, con ocasión de la Guerra del Pacífico, dejó el arado, tomó el fusil, y con el grado de teniente marchó a defender con su sangre –si le hubiera cabido el honor de derramarla en el campo de batalla- el suelo patrio y la honra de nuestro glorioso ejército, siempre vencedor, jamás vencido.
